La recuperación de Estados Unidos

PUBLICADO: EST Apr 1, 2012 12:01 am EST
Desde que la crisis financiera global de 2008 lo llevó al equivalente económico de la sala de emergencias, Estados Unidos ha pasado por un arduo período de intervención y rehabilitación. Primero lo transfirieron de la unidad de terapia intensiva a la sala de recuperación; después, no hace mucho, le dieron el alta. La pregunta ahora es si la economía estadounidense está lista, ya no solo para caminar, sino para correr a toda velocidad. De la respuesta depende en gran medida el futuro de la economía global.

Resulta fácil olvidar la gravedad de la situación allá por el cuarto trimestre de 2008 y el primero de 2009. Tras sufrir lo que los economistas llaman una "parada repentina", muchos sectores de la economía estadounidense implosionaron o dejaron de funcionar. Siguiendo con nuestra metáfora médica, diríamos que hasta los órganos más vitales estaban comprometidos.

La actividad económica colapsó y el desempleo se disparó. El crédito dejó de fluir. Los bancos estaban al borde de la bancarrota y la nacionalización. El comercio internacional estaba trastornado. Empeoraron las desigualdades de ingresos y riqueza. Y una sensación general de temor e incertidumbre impedía a los pocos sectores sanos de la economía embarcarse en planes serios de contratación, inversión y expansión.

Era una situación peligrosa y requería medidas drásticas. Que es lo que se le aplicó a la economía, en la forma de un paquete de estímulo fiscal sin precedentes y un intervencionismo inesperado por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos.

En su intervención, los responsables políticos estadounidenses mantuvieron en todo momento una fluida comunicación con sus homólogos de todo el mundo y los urgieron a tomar medidas de apoyo. La buena respuesta obtenida dio lugar a uno de los períodos de coordinación política internacional más exitosos de la historia, en el que estuvieron involucradas tanto economías avanzadas como emergentes.

Muchos señalan la cumbre económica internacional de abril de 2009 en Londres como el momento en que la economía estadounidense superó la peor parte de la crisis. El cambio fue tan notable que muchos responsables políticos (sobre todo con el historial de dinamismo económico y resiliencia de los Estados Unidos) cayeron en la trampa de creer que habría un rebote inmediato; pero tuvieron que retractarse cuando el proceso de recuperación resultó mucho más largo y complejo de lo que se pensaba. Incluso hoy, este proceso pone de relieve la escala y la magnitud de las debilidades estructurales de la economía.

Aminorado el riesgo de una recaída en la recesión, la economía estadounidense ya puede moverse por sus propios medios, aunque en forma vacilante. El terrible colapso del mercado laboral se transformó en una suba sostenida del nivel de empleo mes a mes, pero que todavía no alcanza para una recuperación plena. Un gran incremento de las exportaciones facilitó un repunte de la actividad fabril. En cuanto al sector de vivienda, parece estar tocando fondo (aunque la financiación inmobiliaria aún es incoherente). Los consumidores tienen mejor acceso al crédito. Y las empresas, conscientes de todos estos cambios, comienzan a desplegar las inmensas reservas de efectivo precautorias que habían estado acumulando.

Estados Unidos es todavía y con diferencia la mayor economía del mundo y el ancla del sistema monetario internacional; por eso, su bienestar repercute en gran medida en todas partes del mundo. No sorprende entonces que la recuperación estadounidense haya ayudado a crear un clima tranquilizador y constructivo, justo en un momento crítico en el que Europa todavía se enfrenta a una crisis de deuda en la periferia de la eurozona y las economías emergentes atraviesan la fase descendente del ciclo económico.

También hay en juego cuestiones políticas, de modo tal que influyen considerablemente en la identidad de quien dirigirá a la superpotencia mundial después de la elección presidencial y legislativa de noviembre próximo. La mejora de la situación económica ya colabora con las posibilidades de reelección del presidente Barack Obama (y otro tanto hace el culebrón de las primarias republicanas, prolongadas, divisorias y costosas).

El problema es que ahora puede ocurrir (y probablemente ocurrirá) que la sensación de alivio se lleve demasiado lejos. De hecho, las buenas noticias de la actualidad no deberían distraernos de las limitaciones estructurales que vendrán a continuación y que obligarán a aplicar precaución y una terapia prolongada. Después de todo, la economía estadounidense, que todavía tiene que recobrar todas sus fuerzas, está demasiado debilitada estructuralmente para sostener un avance rápido y aún no empezó a superar los numerosos efectos distorsivos colaterales de la medicina extrema que se le administró.

Afianzar la recuperación implica un programa plurianual de reformas serias y coordinadas que mejore desde los cimientos la forma que tiene el país de educar y capacitar a sus ciudadanos, de invertir en infraestructura y financiar gastos productivos y de vivienda, de competir en la economía global y de formular un proceso presupuestario racional que luego respete. Ese programa también demandará que Estados Unidos supere varios desafíos clave en los próximos meses mientras se sigue recuperando.

Para empezar, la economía todavía no está lista para enfrentar el "abismo fiscal" (entre 4 y 5% del PIB) que se avecina para fin de año, cuando haya que tomar todas las decisiones políticas difíciles que se vienen posponiendo. La perspectiva de una contracción fiscal caótica tiene que sustituirse con un enfoque más racional que no ponga en riesgo la frágil recuperación. Para esto, es necesario que la clase política evite caer en discusiones como la que en 2011 casi llevó a Estados Unidos a otra recesión y sembró serias dudas sobre la calidad de la gobernanza económica del país.

El precio del petróleo no es ninguna ayuda. Tras el alza por la incertidumbre geopolítica en torno de Irán, ya altera el comportamiento de los consumidores estadounidenses y debilita su confianza, agrava los desequilibrios de la balanza de pagos del país y reduce todavía más la flexibilidad de los encargados de definir políticas.

Y queda además Europa, que todavía debe terminar de superar sus problemas de deuda y crecimiento. Igual que otros países, Estados Unidos no puede dejar de reforzar sus defensas internas para limitar su vulnerabilidad a lo que todavía es una crisis compleja del otro lado del Atlántico.

Aún no hay garantías de que Estados Unidos se recupere por completo. Para que suceda, se necesita una mezcla de determinación, precaución y buena suerte. Sólo entonces, el país estará en mejores condiciones para pagar la factura exorbitante que le dejó su paso por el hospital.

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